Domingo de Ramos

“… Y TRAS TU PALIO, EL ROSARIO…”

Como cada Domingo de Ramos, en sus más de cuarenta años de acompañamiento, la Centenaria Banda de Música del Rosario, se presenta ante su Madre de la Paz, para rendirle honores y oraciones en forma de música.

Como cada primavera de Blanca Paz, y cuando asoma los primeros varales del palio por el dintel de la Capilla, se escucha y se repite un murmullo de los propios músicos de la formación, entonando, esa devoción tan especial y sana, que los años, han labrado en cada músico del Rosario: ”…¡Ya sale, Madre, ya sale! ¡Mira que hermosa que está! ¡No hay otra que se le iguale a la Virgen de la Paz!.”.

La Capilla de la Paz abre su puerta, y en ella, tras resplandores divinos, luciente como la estrella de la mañana, se asoma la Madre del Cautivo. La Pura y blanca Paloma de la Paz. La plaza queda silente y la Virgen dolorosa avanza resplandeciente con su cara llorosa de hermosura. Suplicantes oraciones suben llenas de ternura de todos los corazones hacia su paso de palio. Parece que el barrio se estremece en su callado fervor. Hay un silencio. Se para el aire…

En la cofrade calle que alberga a la bella Madre de la Encarnación, un cantaor tose, se prepara, prueba si su voz es clara, y tras un largo lamento que surge conmovedor lanza el corazón al viento en saetas de oración; se oye a la gente llorar en murmullos apagados una súplica que implora paz al mundo.

Y al pasar la Virgen frente al señor de la Oración en el Huerto, parece cual si una luz llenara de resplandores la imagen del Salvador crucificado cruelmente por salvar al pecador. Sola se queda en la plaza, siendo la Reina de la Piedad, testigo de su caminar tras su hijo Cautivo. Ya la Virgen de la Paz se pierde en la esquina, y traza, con resplandores, un haz de luz suave y divina para entrar en carrera oficial. En este justo momento, ya no suenan las saetas en la calle del huerto, ni los vítores de la bulla, sino plegarias en forma de música que la Banda del Rosario interpreta de forma brillante, y una sola voz, la de su capataz, la que la lleva con paso firme hasta una eterna revirá que culminará a los pies del Santísimo en la Parroquia de Santa María.

Tras su paso ante el simpecado del Rocio, se intercala con el cansado redoblar de los tambores, un murmullo de rumores, de plegarias suplicantes que vienen a decir:

¡Reina de la Paz!

¡Refugio de pecadores!

¡Guía de los navegantes!

¡Bendice Tú al mundo y haz que la paz con sus albores alumbre los continentes!

¡Consuela a los afligidos que imploran a Ti dolientes!

¡Ampara a los perseguidos Auxilio de los cristianos!

¡Reina de Paz!

¡Extiende Madre tus manos, y el lazo de la alianza en los pueblos surgirá!

¡Virgencita, mira el mundo que guerrea sin piedad por tu dolor tan profundo dale, Madre mía, la Paz…!

Y llegando a su capilla, el tiempo se detiene. Parece que sus costaleros no quieren esperar un largo año para verla recorrer sus calles nuevamente. Suenan marchas con aroma a melancolía, cansancio y a satisfacción por el gran trabajo realizado. La candelería va apagándose tramo a tramo, por cada varal que recorre el dintel de la capilla, pero es justo en ese instante, cuando se vuelve a encender la llama de la ilusión, de la espera y de la devoción que romperá un año más, cuando la Madre y Reina del Domingo de Ramos sanluqueño, vuelva a salir y repartir Paz y Esperanza, que tanta falta nos hace.

Y es que, como cada año, su Banda de Música del Rosario, sumará un año más en sus más de cuarenta primaveras tras el Palio de la Paz y vivirá con pasión y entusiasmo todas estas sensaciones que acabamos de describir.